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Internacional

“¡Si alguien escucha, que grite!”

Foto AFP

“¡Si alguien me escucha, que grite o haga ruido!”. Una vez, dos veces, varias veces, el bombero pega un grito desde arriba de un montículo de escombros.

“¡Silencio!”, exclaman los demás para acallar las palas mecánicas que se mueven por todos lados en Manta, un balneario de 253.000 habitantes en la costa Pacífica ecuatoriana devastado por el terremoto de 7,8 grados del sábado.

Allí había un pequeño hotel. En la planta baja funcionaban dos tiendas de alimentos y golosinas. “Escuchamos un crujido. Hay vida”, dice Freddy Arca, capitán de los bomberos de la ciudad de Portovello, que llegó al lugar el lunes de madrugada junto a 15 voluntarios.

Cerca de ahí, dos jóvenes mujeres van y vienen, nerviosas, con los ojos rojos de tanto llorar. “Mi hermano Irvin está debajo. Estaba de vacaciones con su esposa”, cuenta Samanta Herrera, de 27 años, quien llegó apurada la noche del sábado desde Los Ríos Quevelo, a tres horas de carretera.

Los bomberos se detienen nuevamente. El capitán le pide al más delgado meterse por la abertura que fue despejada con un martillo neumático entre dos placas de hormigón. El hombre regresa pálido. “Buscando vivos, encontró dos muertos. Pero escuchamos de nuevo un crujido”, explica Arca.

Pocas esperanzas de vida

En las ruinas del hotel Arrecife, los bomberos están a punto de renunciar: no escuchan más ruidos. Se agrupan para rezar.

Enseguida llegan seis socorristas de Cadena, una ONG especializada de México. Su perro Enzo, un pastor belga, se pone a husmear entre los escombros, pero siempre regresa a los alrededores de la abertura cavada por los bomberos.

Cae la noche en Manta. No hay electricidad. Los militares patrullan las calles pasando por encima de cables y escombros para evitar los saqueos. Garrote en mano, también impiden a los habitantes intentar acceder a sus viviendas con riesgo de derrumbe.

Por momentos hay pequeñas réplicas que siembran el pánico. Las personas se alejan corriendo de los inmuebles dañados.

A la luz de los focos de las ambulancias, en medio del ronroneo de los generadores y mientras el olor a cuerpos en estado de descomposición acapara cada vez más el ambiente, Arca y sus bomberos continúan trabajando. Hace casi 15 horas que esperan rescatar a un sobreviviente. Cuanto más tiempo pasa, más se pierde la esperanza.

Por Florence Panoussian

AFP

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Ubicada en Internacional · abril 19, 2016 · Comments (0)

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